Salir de la ciudad de Reykjavik supone adentrarse en un mundo de continuos contrastes en el que el agua de los ríos y el verde de las praderas se mezclan con los paisajes de lava y arena negra, y en el horizonte, el hielo de los glaciares desciende desde las montañas partiendo en dos los valles.
La Número 1, es la carretera principal de la Isla, que la recorre en su totalidad de manera circular, bordeando la costa de Islandia y evitando así el desierto y los glaciares del interior del país.
Se trata de una carretera estrecha en la mayoría de su recorrido, con un carril de ida y otro de vuelta y sin quitamiedos en los extremos de la vía. El límite de velocidad se encuentra además en los 90km por hora. Y muchas veces, los estrechos puentes por los que cruza hacen que los coches tengan que esperar a un lado para que cruce el vehículo que viene de frente. Es obligatorio conducir siempre con las luces puestas.
Con las mochilas preparadas, la tienda de campaña y los sacos de dormir, nos echamos a la carretera dirección Selfoss.
Puede que sea una de las tierras más verdes que he visto nunca y eso se debe a la gran abundancia de agua con la que cuenta Islandia. Agua que crea a su paso por los acantilados de la isla, maravillas como ésta:
Tras las muchas paradas que no pudimos evitar hacer para fotografiar el impresionante paisaje que nos envolvió nada más salir de Reykjavik, llegamos a nuestro primer objetivo del día, la Cascada Seljalandsfoss, a la que tardamos unas 3 horas desde Reykjavík.
Es posible además ver la cascada desde todos los ángulos, gracias a una erosión de la roca que hay situada detrás de ella.
Es impresionante bordear esta gran cascada de 62 metros de altura. Eso si, no te olvides de llevar chubasquero si no quieres acabar completamente duchado.
A escasos kilómetros se encuentra otra cascada, la de Skogafoss, de 62 metros de altura.
La leyenda dice que Þrasi, el primer colono vikingo, escondió un tesoro detrás de la cascada, tiempo después, un joven intentó recuperarlo pero sólo pudo obtener una de las anillas de los extremos del cofre y el resto desapareció. La anilla está hoy en día expuesta en el Museo de Skògar. Por eso dicen que en los días soleados se puede ver el oro de Þrasi brillando en el agua de la cascada.
