Islandia es un país humeante, tranquilo y espectacularmente bello. Poner los pies en esta tierra de hielo no creo que pueda dejar indiferente a nadie.
Empezando porque si viajas en verano, el sol de medianoche hará que tengas 24 horas de luz al día, algo a lo que cuesta acostumbrarse pero que merece la pena vivir.
La capital de la isla es Reykjavík una ciudad verde, sin apenas contaminación y que por su cercanía al aeropuerto supone el punto de partida de la mayoría de las visitas a la isla.
Llegar desde el aeropuerto es muy sencillo, un autobús hace el traslado por 1.950 króna y tarda unos 40 min.
Por cierto, el cambio de euro a króna es posible en las tiendas de información del centro de la ciudad, pero los islandeses pagan todo con tarjeta, así que, desde mi punto de vista, no es necesario.
Con unos 120.000 habitantes, que suponen el 60% de la población de la isla, Reykjavík es una pequeña ciudad costera compuesta de pequeñas casas de colores, cada una con su propio jardín.
El nombre de la calle principal es Bankastraeti, en ella comparten acera restaurantes, bares, tiendas para turistas y otras de ropa de segunda mano, donde se pueden adquirir los famosos jerseys islandeses a buen precio.
Ya cerca del puerto, un mercado que solo abre los fines de semana, también ofrece artículos de todo tipo, desde ropa hasta comida, más barato de que lo se puede encontrar en cualquier otra tienda. Lopapeysa es el nombre de este mercadillo.
Una de las zonas con más encanto de la capital, desde mi punto de vista, es el conocido como Old Harbour. Se trata de un conjunto de casitas de colores, situadas entorno al puerto y en cuyos bares se puede tomar un rico café con vistas al mar. Fue allí, en el café Haití, donde probamos el bollo típico Islandés: Kleina.
Frente del puerto, se encuentra el Centro Cultural Harpa, un edificio muy moderno dedicado sobre todo a la música, recitales y conciertos. Sus cristales de colores van cambiando de tonalidad dependiendo de la luz que incida sobre ellos.
Es inevitable no pasar por el lago Tjörnin, en pleno centro de la ciudad, alrededor del cual unos cuidados jardines invitan a los habitantes de Reykjavík a pasar allí los días de sol. Son los jóvenes estudiantes de la ciudad, quienes durante todo el verano se encargan de cuidar los parques, por lo que no era raro encontrarse chavales con mono de jardinero regando y arreglando las plantas.
Llama también la atención que muchos tramos de suelo de la ciudad estén pintados con tizas de colores. Dibujos que los niños hacen en las aceras y en las plazas al llegar el buen tiempo.
Destaca por encima de todas las edificaciones, la Iglesia Hallgrímskirkja, a cuyo campanario se puede subir por 600 króna, y que ofrece vistas como la que se encuentra al inicio de mi entrada.
Dos de los entretenimientos favoritos de los islandeses son ir a la piscina y comer helado. Se puede entender que en verano, aunque las temperaturas no sean muy elevadas, se animen a ello con la llegada del buen tiempo, pero asombrosamente comen helados y van a la piscina durante todo el año, aunque esté todo cubierto de nieve.
La piscina pública más grande de la capital es la de Laugardalslaug. La entrada cuesta 500 Króna y el agua varía de temperatura dependiendo de la piscina, ya que allí no tienen problema para calentarlo, pues el agua caliente procede de manera natural de la tierra, así el agua caliente de las casas y para la calefacción es gratuito.
En cuanto a los helados, nosotros probamos los de la heladería Isbud. De muy buen sabor y precio, tan solo 300 Króna el tamaño pequeño (que en realidad era enorme). Algo difícil de encontrar pues los precios en Islandia son muy elevados.
Al ser una ciudad pequeña, en pocos pasos te alejas del centro y te puedes encontrar con vistas como ésta:

No puedo terminar de escribir de la capital de Islandia sin hablar de su fiesta. Los bares y discotecas se llenan de gente hasta altas horas de la madrugada con un ambiente increíble por sus calles y que me sorprendió gratamente. Vegamot y Factory son algunos de los pubs donde se puede pasar un buen rato escuchando conciertos o bailando hasta la madrugada.
Es mucho lo que te puede ofrecer Reykjavík, pero nada más alejarse de la ciudad, Islandia despliega al máximo la naturaleza de sus contrastes.

Continuaré en el próximo post con la increíble ruta que hicimos por el sur de la isla.

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