Nos alojamos cerca de la playa de Santa Giulia y como casi todos los hoteles y apartamentos edificados en la zona, se trataba de pequeñas casitas de un solo piso, con terraza y jardín.
El hecho de que no existan apenas grandes edificaciones y mucho menos a pie de playa, hace que la isla conserve un aspecto natural, casi paradisiaco, que desgraciadamente se ha perdido en la mayoría de regiones costeras turísticas que he visitado en España o Francia.

El coche nos aportó una gran libertad de movimiento por la isla y nos permitió acercarnos a visitar numerosas playas como la de Pinarellu desde la que se divisa una pequeña isla con una torre construida en ella o la Playa de Palombaggia y la de San Ciprianu. Todas rodeadas de pinos, arena blanca muy muy fina y aguas transparentes . Todas ellas alucinantes. Pero si hubiese que elegir, yo me quedaría con la de Santa Giulia, por el atardecer de colores que nos regaló desde sus aguas.

De los pueblos que visitamos, todos pequeños y encantadores destacaré dos, Porto-Vecchio y Bonifacio.
Porto-Vecchio es una villa situada en el sureste de la isla con callejuelas y edificaciones de piedra. Aunque nosotras tuvimos la mala suerte de que no paró de llover durante la visita, por lo que no hay ninguna foto del pueblo. Eso sí, por la noche nos acercamos a tomar algo después de cenar y hay bastante ambiente nocturno en comparación con lo pequeño que es.
Pero para mí, la visita obligada es Bonifacio. Esta pequeña localidad se encuentra en el sur de la isla de Córcega sobre unos grandes acantilados, rodeada de mar prácticamente por todas partes.

El pueblo, que está amurallado, es peatonal casi en su totalidad y para acceder es necesario subir una pequeña cuesta. Hay varios parkings tanto arriba como abajo para dejar el coche, eso sí, pagando.

El centro de Bonifacio está formado por casas de dos o tres pisos que se agolpan entre estrechas callejuelas que han mantenido intacto su aspecto medieval. Esta villa fue fundada por Bonifacio, un marqués de la Toscana en el año 828. Además cuenta con un puerto natural gracias a los acantilados que la rodean.

Pero además de visitar el interior del pueblo, con gran encanto y con increíbles vistas al Mediterráneo, recomiendo acercarse a las calas y acantilados que rodean Bonifacio y que ofrecen vistas espectaculares de la localidad y sus alrededores.
En la Oficina de Información y Turismo (que se encuentra dentro de la ciudadela) nos facilitaron un plano muy útil de la zona, en el que se especifican las calas, acantilados y playas que rodean la localidad.

Me hubiese encantado tener tiempo de ver todas y cada de una de las playas, pero no fue posible, por lo que después de alejarnos de Bonifacio y dar un paseo al borde de los acantilados más próximos, los cuales ofrecen unas vistas del lugar espectaculares, nos decidimos por la playa de Piantarella en la que comimos unos bocadillos que ya traíamos preparados.

Es cierto que había muchas personas visitando este pequeño pueblo y eso que era temporada baja, no quiero ni imaginar como se pondrá aquello en pleno verano. Para más información sobre Bonifacio, su página web es la siguiente: http://www.bonifacio.fr/page.php?id=2&reset
Otra de las actividades que realizamos durante nuestra estancia fue un pequeño paseo a caballo cerca de la Playa de Palombagia, que ya he nombrado antes. Digo cerca, porque aunque la idea era ir a esa playa, el guía nos llevó finalmente a una pequeña cala, muy escondida, a la que solo se podía acceder a través del estrecho sendero que nosotros recorrimos. En esta zona de Córcega hay muchas hípicas que ofrecen paseos a caballo por sus caminos y playas. Solo hay que fijarse en los carteles que las anuncian cada poco tiempo a lo largo de sus carreteras.
Ya de vuelta, de camino a Ajaccio, pasamos por la playa de Roccapina, más de lo mismo, uno no se cansa nunca de ver esto. Sobran las palabras.

En resumen, playas de arena blanca y agua transparente, carreteras rodeadas de abundante vegetación, montañas y acantilados, fueron los protagonistas del viaje.
El trayecto de regreso a la Costa Azul en el ferry era durante la noche y cuando compramos los billetes no pagamos camarote, ya que no nos llegaba el presupuesto y nos pareció suficiente con poder descansar en los sillones de las salas comunes (como los que tenía el ferry que nos había llevado a la isla).
Pero para nuestra sorpresa, el ferry nocturno no contaba con ningún tipo de sala común de descanso, por lo que hicimos de la moqueta de la recepción del barco nuestra cama. Aunque pueda sonar raro, no éramos las únicas, varias personas con sacos de dormir se acomodaron a nuestro lado, aunque creo que ellos ya lo traían pensado. Una mochila de almohada, un pañuelo sobre los ojos para evitar la luz de los focos y una chaqueta por encima fueron nuestra ropa de cama. Fue gracioso intentar dormir bajo la atenta mirada de los recepcionistas, que en algún momento también se irían a descansar. Finalmente he de decir, que la moqueta del barco no resultó ser tan incómoda.

A la mañana siguiente de regalo de despedida, desde la cubierta del barco, la Costa Azul y el amanecer.
