Todo viaje llega a su fin y el nuestro tenía todavía un largo camino en coche hasta la ciudad de la que habíamos salido, Niza. Sin embargo, no queríamos irnos sin conocer el Parque Natural de La Camargue, camino del cual nos paramos a visitar Arles.
Arles situado a media hora de Nîmes, es una ciudad tranquila, o al menos es la sensación que tuve mientras la visitamos. Numerosos restos arqueológicos de la época romana salpican los rincones del centro histórico, pero el más importante es el Nuevo Anfiteatro, el mejor conservado de Francia después del de Nîmes.
En buen estado de conservación también se encuentra el Teatro Romano, ambas construcciones están situadas en el centro de la ciudad, rodeadas de casas de dos o tres pisos y como en el resto de localidades de la zona, con sus ventanas pintadas de colores al estilo provenzal.

Van Gogh también dejó huella en esta ciudad en la que pasó algo más de un año, y que le inspiró para crear decenas de cuadros, es por eso que existe un circuito exclusivo para descubrir los rincones de Arles que el afamado pintor reflejó en sus obras.
A muy pocos kilómetros de Arles se encuentra el Parque Natural de La Camargue que se extiende a lo largo y ancho de la desembocadura del Ródano. Se trata de una gran llanura salpicada de arrozales, pantanos, salinas y marismas.

Camargue es también el nombre de la raza equina que puebla estos campos. Los caballos de esta raza se caracterizan por tener una tonalidad grisacea que resalta frente al pelaje oscuro de los toros que se crían en estas tierras y que comparten también terreno con un gran número de aves, entre ellas los flamencos.

Aprovechando que existen rutas a pie, en bici y a caballo por este Parque Natural, nosotras reservamos un pequeño paseo a caballo por las playas de Saíntes Maríes de la Mer, un pequeño pueblecito situado en la desembocadura del río, en pleno parque natural.

Por cierto, como podeis ver ¡me tocó el único caballo pardo de toda la cuadra!
El mar infinito, la arena blanca de la playa y hasta un grupo de hippies desnudos que bailaban cubiertos de barro, fueron la postal de nuestro paseo a caballo.
La vuelta en coche, fueron tres horas de camino por autopistas francesas nada divertidas. Pero se pasaron entre los recuerdos de un viaje con sabor a naturaleza y tranquilidad. La historia de estos rincones escondidos en el corazón de Francia repletos de restos arqueológicos romanos que datan de hace miles de años. Y para terminar, nuestras particulares peleas con los insectos que alteraron la paz de las silenciosas noches de la Provenza.

