Muy cerquita, a unos diez minutos en coche, de La Fontaine de Vaucluse, (pueblo en el que habíamos pasado la noche), se encuentra Gordes.
En lo alto de una colina, Gordes ofrece unas vistas espectaculares de los campos provenzales cubiertos de viñedos y lavanda, que desafortunadamente por la época del año, no pudimos ver completamente en flor. Merece la pena acercarse al castillo, recorrer las estrechas callejuelas que han mantenido intacto el aspecto medieval y sobre todo asomarse a sus balcones y miradores.
Además, todos los martes se celebra en Gordes un mercadillo de artesanía, pintura y alimentos con muy buena pinta, sobre todo con puestos de queso, mucho queso.
A unos 12km de Gordes se encuentra Roussillon, otro típico pueblo provenzal, pero con una característica que lo hace diferente del resto: su color.
Roussillon está situado en el corazón del más importante yacimiento de ocre del mundo, lo que hace que sus casas sean de tonos anaranjados, marrones y rojizos destacando sobre la vegetación que lo envuelve.
Aquí, en Roussillon nos encontramos con un español que regenta desde hace muchos años una tienda de souvenirs. El hombre, que dijo ser de Murcia y pese a que su hija le instaba constantemente a que nos dejase marchar, acabó contándonos todas las peripecias por las que había pasado hasta acabar viviendo en aquel pueblecito. Lo cierto es que durante este viaje nos encontramos bastantes españoles que, habiendo emigrado en busca de un futuro mejor durante la década de los sesenta, ahora vivían en aquella zona de Francia y cuando nos escuchaban hablar español se paraban a saludarnos y entablar conversación. Era una sensación bonita, ver el brillo de sus ojos y la sonrisa que les producía hablar de sus regiones de origen.
De Roussillon a Avignon hay una hora de viaje por carreteras comarcales. Depués de comer cambiamos el campo por la ciudad.
Avignon, capital del departamento de Vaucluse, es una pequeña ciudad que cuenta con un centro histórico muy bien delimitado gracias a la muralla que lo rodea por completo.
A orillas del Ródano, Avignon sorprende por sus edificios señoriales y el gran Palacio de los Papas (esta ciudad albergó durante un siglo la sede del cristianismo occidental). La entrada al palacio de los Papas nos costó 8€ con audio guía. Un palacio fortaleza de estilo gótico, que puede presumir de ser el más grande del mundo con estas características y de haber albergado a los Papas durante el siglo XIV. Enormes salones, capillas, claustros, alcobas privadas… es impresionante lo bien que vivían mientras el pueblo sobrevivía en la miseria.
Desde una de las puertas de la muralla de Avignon se accede directamente al Pont St Bénezet, más conocido como Pont d’Avignon. La UNESCO lo ha nombrado patrimonio de la Humanidad y hoy en día falta la mitad. Es curioso, porque teníamos muchas ganas de bailar sobre el puente (haciendo honor a la canción) y cuando llegamos, ¡nos encontramos con que no se puede cruzar! La explicación está en que las crecidas del Ródano lo destruían constantemente y cansados de reconstruirlo en el siglo XVII lo dejaron tal cual está ahora. Al menos nos queda cantar la popular canción….Sur le pont d’Avignon, L’on y danse, l’on y danse, Sur le pont d’Avignon L’on y danse tout en rond…
Para terminar el día, cenamos en L’isle sur la Sorgue, un pueblecito que quedaba de camino al albergue y que es conocido como La pequeña Venecia ya que sus casas se encuentran repartidas entre las bifurcaciones del río Sorgue que lo atraviesa y que hace que la villa esté salpicada de pequeños e ideales puentes.








