Esparcidos por la Provenza (Francia) se localizan una gran cantidad de pueblos, ciudades, restos arqueológicos y monumentos históricos que merece la pena visitar. Solo disponíamos de cuatro días y ver todo es imposible. Dentro de la región de Vaucluse, ésta fue nuestra elección:

Alquilamos dos coches en Niza (lugar desde el que comenzamos nuestro particular recorrido) y mapa en mano nos dirigimos hacia Marsella. Esta ciudad francesa puede ser un buen lugar para empezar a visitar La Costa Azul o la Provenza. Existen vuelos directos desde Madrid que la compañía de bajo coste Ryanair deja a buen precio. En cuanto al coche, pagamos 40 euros cada una por cuatro días de alquiler, más la gasolina.
Unas 3 horas separan Niza de Marsella por autopista. En Francia el precio por circular en autopista es bastante más elevado que en España, sin embargo, si no se dispone de tiempo para ir tranquilamente por una carretera regional merece la pena coger la autopista. El trayecto Niza-Marsella sale por unos 15€ en total, ya que se van realizando varios pagos.
Nuestro primer objetivo fue acercarnos a Les Calanques. Un parque natural situado a escasos kilómetros de Marsella, muy cerquita de una localidad llamada Cassis.Este parque natural está compuesto por un conjunto de pequeñas calas de agua cristalina rodeadas de elevadas rocas que hacen difícil su acceso por tierra.

Existen dos opciones para llegar a Les Calanques. La primera de ellas es dirigirse a Cassis y allí tomar una embarcación que se dedica a llevar a los turistas hacia las calas y que sin arrimarse demasiado, les permite hacer fotos desde el mar. La otra posibilidad es acceder por tierra, caminando hasta cualquiera de ellas. Hay varias rutas que recorren el parque natural y llevan por caminos estrechos y pedregosos hasta estas pequeñas calas.
Nuestra ruta fue de unas 3 horas ida y vuelta a pie para bajar a La Calanque d’en Vau. Una vereda no siempre bien señalizada circulaba entre pinos y arbustos. Es un lugar precioso para caminar y que ofrece una espectacular recompensa al final, un baño en aguas cristalinas aunque muy muy frías.
Es recomendable llevar calzado cómodo y agua suficiente para que no escasee en la vuelta, parece que no, pero se nota la subida, sobre todo a pleno sol.
Pese a que no era temporada alta, la pequeña cala estaba ocupada por varias personas que habían accedido a ella de la misma forma que nosotras y por un numeroso grupo que había llegado por mar haciendo piragüismo.
Tengo entendido que en verano, cierran el parque natural y con ello el acceso a Les Calanques, para proteger la reserva de incendios. Por lo que es recomendable informarse antes si estás pensando en ir en esa época.

Indicaciones para acceder a pie: Una pequeña carretera comarcal une Cassis con el extremo este de Marsella bordeando la costa. Es de ésta carretera de dónde sale un camino que lleva al Parque Natural de Les Calanques. El camino además de en mal estado para los vehículos, está mal indicado. Nosotras tuvimos que dar la vuelta y pasar por la misma carretera varias veces (nos pasábamos la salida al camino). ¿La referencia? El camino debía salir de enfrente de una especie de campo de entrenamiento militar que quedaba al otro lado de la carretera. El camino termina en un parking del que salen las rutas por el parque.
Por cierto, durante el paseo nos cruzamos con numerosos insectos de gran tamaño. Absténganse aquellos que sufran de fobia hacia estos animalitos. Libélulas enormes sobrevolaban nuestras cabezas y chicharras, o una especie de saltamontes muy grandes, hicieron el recorrido más entretenido para unos que para otros.
Tras habernos dado un merecido chapuzón y una vez de vuelta al coche, retomamos la carretera y de nuevo la autopista para subir hacia el corazón mismo de la Provenza Francesa.
Alquilamos dos habitaciones en un albergue rural de un minúsculo pero encantador pueblo llamado: La Fontaine de Vaucluse, conocido por poseer el nacimiento de un río cuyas aguas emergen de la tierra de manera espectacular. El trayecto desde Marsella fue de unas dos horas y media.

El albergue en cuestión era un gran caserón de campo con jardín, muros de piedra y ventanas de madera. Muy acogedor hasta que llegó la noche y de nuevo… sus insectos. Tal vez una descuidada limpieza de las instalaciones o tal vez porque era el campo y según la propietaria del establecimiento “no se podía evitar que anduviesen por allí”, el caso es que dormimos bien acompañadas. Moscas, arañas e incluso un escorpión nos tuvieron entretenidas matando insectos hasta bien entrada la madrugada.

He de decir, que yo me decanto por la primera opción, esa mujer no limpiaba, ¡mirad el escorpión que nos encontramos en la pared!

Al menos por la mañana, el desayuno de leche, zumo y tostadas con mermelada y nutella nos hizo olvidar a nuestros pequeños compañeros de habitación.
